El enfado

Actualmente tenemos motivos sobrados para estar enfadados, la crisis, el paro, problemas económicos… No paramos de oír injusticias por todas partes y si algo nos hace enfadar es la de ser tratados de forma injusta.

 

Puede haber multitud de causas (injusticias, decepciones, frustraciones, impotencia…) por las que podemos ir  llenándonos de rabia, una rabia que muchas veces no sabemos hacia quién dirigir, solo se va notando que aumenta la irritabilidad, la susceptibilidad, que es más fácil explotar por nada y en la mayoría de las veces con la persona que menos culpa tiene.

 

Podemos enfadarnos por distintos motivos, pero debemos tener en cuenta, que el primero que sufre las consecuencias es nuestro propio organismo. La rabia o la ira suele ser descrita como una emoción que te pincha por dentro, a medida que va creciendo  y que explota como un volcán cuando se pierde el control… Los siguientes en recibir las repercusiones de esa rabia es nuestro entorno más cercano.

 

Cuando un enfado se hace crónico, nos dice que se sigue sin resolver la situación, que permanecemos anclados en argumentos que nos llegan siempre al mismo lugar y por eso deberíamos poder expresar las cosas de otra manera más resolutiva. Un ejemplo de esto son los enfados de pareja, se cronifican, discutiendo una y otra vez de lo mismo, llegando al mismo sitio siempre.

 

Las ilustraciones describen muy bien los distintos niveles de enfado, desde el más ligero o “mosqueo”, hasta lo que coloquialmente se dice “estar muy cabreado”. Realmente, es como si echásemos humo y chispas por todas partes, el rostro se enrojece hasta casi amoratarse y parece que la persona va a explotar y aquí se cumple la premisa de Séneca,” la ira nos ciega nublando la razón”, lo que provocaría una conducta totalmente desproporcionada, además de aumentar el riesgo de accidentes vasculares. A este punto no deberíamos llegar, es en el que se pierde el control y casi siempre nos trae consecuencias de las que arrepentirse, lo ideal sería poder canalizar esa rabia de forma constructiva y expresar ese enfado manteniendo el control siempre.

 

 Aristóteles ya expresó de forma magistral en esta frase:

 

“Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”

 

Pero en la mayoría de los casos nos enfadamos mal y no sabemos gestionar la rabia, en vez de minimizarla, dejamos que vaya creciendo y acumulándose, cambiando nuestro comportamiento y  agriándonos el carácter y la vida.

 

¿Cómo podemos mejorar nuestra calidad de enfado? Lo primero es detectar esos microenfados que vamos teniendo a lo largo del día, familiarizarnos con la rabia para detectarla cuanto antes. Saber separar los enfados internos de los externos. Es más fácil transformar esas pequeñas porciones de rabia a cuando hay una explosión.

 

Por ejemplo: Si me enfado por una incapacidad mía, ¿qué hago? ¿Me chillo, me castigo, me maltrato? O asumo la incapacidad y me animo para mejorar. ¿Qué es más constructivo? Esto mismo es aplicable cuando me enfado por la incapacidad de otra persona.

 

Cuanto mejor se gestiona la rabia forjada desde el interior, mejor se gestiona la que nos puede provocar los acontecimientos externos.

 

Estar enfadado debería servir para hacernos crear un nuevo comportamiento, una nueva actitud que nos ayude a resolver mejor esas situaciones llenas de frustración, algo que estimule el ingenio para buscar soluciones. Entonces, la rabia cumple su misión, hacernos ver el daño que hace permanecer en determinaciones que nos ciegan la razón.

 

Si te gustaría aprender a enfadarte bien, podría interesarte el taller que periódicamente realizo Como enfadarse bien, puedes informarte sin compromiso.

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